jueves, 21 de marzo de 2013

Capitanes sin barco


Caracas.- Son pocos los jugadores en el beisbol profesional venezolano que lucieron o lucen la letra “C” que los define como capitanes. Para llegar a ese rango en el beisbol, esa persona realmente tiene que ser reconocida como un “caballo” amén de otras características en la que el liderazgo o influencia ante el grupo sea reconocida.

Frank Díaz exhibió su "C" durante un tiempo en Bravos. (bravosdemargarita.com)
En el fútbol es indispensable esa figura, pues es quien tiene la representación del grupo en la cancha ante el árbitro y tiene cierta autoridad para protestar algunas sentencias no favorables a determinado equipo. Contrasta ante la pelota por las múltiples diferencias que hay en el entorno en el que se desenvuelven estas disciplinas, aunque coinciden en el reconocimiento de una persona como factor unificador.

En el beisbol no se pasa de una camisa a otra la letra “C” cuando el jugador se retira del diamante por alguna circunstancia. En el caso del balompié, ocurre lo contrario pues esa bandana no puede quedar huérfana si quien la porta sale del rectángulo por diversas razones.

Hicimos este breve introducción porque resulta interesante que, luego de culminada la temporada 2012-2013 del beisbol rentado criollo, dos jugadores, designados capitanes de sus respectivas novenas, fueron transferidos a otros conjuntos.

Primero fue Oscar Salazar, el “Cachi”, quien era el guía en el grupo de jugadores de los Tiburones de La Guaira. El 3 de febrero pasado oficialmente pasó a las filas de Caribes de Anzoátegui por el lanzador zurdo Renyel Pinto.

Este miércoles 20 se produjo otro cambalache con las mismas características del anterior. Frank Díaz, uno de los pocos sobrevivientes de la nómina del antiguo Pastora de Los Llanos, considerado también como capitán, pasó a las filas del actual campeón, Navegantes del Magallanes, por el serpentinero Fernando Nieve.

Luego de aquella temporada 2007-2008 con los Leones del Caracas, el receptor Henry Blanco confrontó una delicada situación con la directiva del equipo de sus comienzos. Era el “Capitán” de los melenudos y, por esa condición –suponemos-, se atrevió a declarar a El Nacional su incomodidad por la presencia de quien fuera su amigo, Carlos Hernández, como mánager.

El resultado fue su salida del conjunto vía lista de jugadores a quienes no se le ejercería la opción de contrato para la 2008-2009. Otro capitán se quedó sin barco. Pocos días después, Bravos de Margarita lo contrató y pasó a ser un experimentado jugador dentro de las filas.

Entendiendo la peculiar característica que tiene esta figura en el beisbol, ¿valdría la pena nombrar  capitanes bajo las condiciones en las que está este negocio en la actualidad? Sería interesante preguntarte a estos tres peloteros mencionados si, de haber existido las condiciones, aceptarían una “C” en su nuevo uniforme. 

Ya es bien conocida la perdurabilidad del llamado beisbolista franquicia. Pocos como Robert Pérez (Cardenales de Lara) podrían considerarse como tal. Y citamos a Pérez porque es el verdadero emblema en el conjunto larense por su constante presencia en las temporadas venezolanas.

Si bien en nuestro país no se dan tantos cambios de jugadores, las probabilidades de que un jugador dure más de 10 campañas en un mismo equipo son muy reducidas. Para llegar a ser un líder reconocido con la “C” una de las condiciones para ello –aunque no determinante, por supuesto- es el tiempo en la plantilla, además de su capacidad de influir en los compañeros.

No dudamos que sería un honor para cualquier jugador ser reconocido como tal, pero de llegar el momento de despedirse es de suponer que le afectaría mucho más. 

Quizá la presunción sea algo dramática o se le estaría dando mucha importancia al asunto. De repente, como dicen los mismos peloteros, “esto es un negocio” y lo asumirían como profesionales. Sin embargo, los códigos que se manejan dentro del beisbol son muy particulares. Aunque el dinero mande en la actualidad, aún el orgullo y la dignidad existen.

¿Vale la pena?

miércoles, 20 de marzo de 2013

Dominicana y la teoría en el beisbol


Caracas.- La selección de República Dominicana logró lo que en las dos ediciones anteriores del Clásico Mundial de Beisbol se esperaba: un título que ratifica el buen momento que atraviesa este país en lo que a producción de beisbolistas se refiere.
Los campeones indiscutibles de este 2013. (foxsportsla.com)
Pero no fue con figuras de reconocida labor en las grandes ligas de Norteamérica como Albert Pujols, David Ortiz (por lesión), Adrián Beltré, Wilin Rosario, José Bautista, Melky Cabrera, Johnny Cueto y Rafael Soriano -por citar a algunos- que lograron el cetro de la tercera edición de este evento cuyas características aún dejan un sinsabor para quienes disfrutamos del beisbol a plenitud; sin limitaciones ni pretextos económicos.

Es tanto el talento quisqueyano esparcido en la Major League Baseball, que se pueden dar el lujo de presentar una plantilla si se quiere modesta, con un Miguel Tejada como la figura de mayor experiencia, además de un Robinson Canó en la cumbre de su carrera, y arrasan con sus enemigos sin compasión, aunque ello no signifique que ganaron fácil.

Los equipos ideales están en la mente de los aficionados como un símbolo de invencibilidad. Eso no fue lo que llevó Dominicana, pero sí mostró integración, hambre de triunfo, un objetivo que nadie le iba a quitar por nada en el mundo: el trofeo.

Así, los números son muestra de ese dominio exhibido por los “plataneros” de Tony Peña, el manager que necesitaba este equipo por su manera de dirigir a un grupo de peloteros que, sabían, tenían una gran deuda con sus ruidosos coterráneos.

El relevo fue pieza fundamental. Lograron una cadena de 25.2 entradas consecutivas sin que le anotaran una carrera. En general, el cuerpo de pitcheo dominicano permitió sólo seis carreras limpias en los últimos cinco juegos, sumando 45.0 innings para un promedio de rayitas limpias concedidas de 1.20. Por si fuera poco, anularon a sus rivales quienes le batearon para .134 (de 149-20).

En esos ocho juegos que le dieron el título, la efectividad de 1.75, así como los 65 ponches ante 31 bases por bolas y sólo dos jonrones permitidos en 72.0 tramos, confirmaron que el pitcheo les funcionó a la perfección, para soportar un bateo respetable de .288 en average colectivo (de 264-76) en el que fabricaron 36 carreras (casi cinco por juego en promedio).

La bendita teoría daba al equipo de Venezuela, al menos, presencia en la semifinal. Sus figuras, los números que habían acumulado en la pasada contienda de la gran carpa, además del talento comprobado, les daban altas posibilidades de salir airosos en el llamado “Grupo de la muerte”, de donde salió precisamente la final.

Pero el beisbol es así. No come cuento con los supuestos. Todo tiene que ganarse en el terreno en un trabajo de equipo, de estrategia, de pensar lo mejor posible con qué se cuenta y cómo sacarle provecho. Porque es obvio que las odiosas condiciones fueron para todos los participantes. También, hubo importantes deserciones en casi todos los conjuntos por distintas razones.

Más allá de echarle la culpa al manager Luis Sojo –quien no repetirá, según anuncios oficiales- o a la Federación Venezolana de Beisbol y su presidente, Edwin Zerpa, o a los mismos jugadores –los protagonistas del show- hay que aplicar un axioma simple de la vida; reflexionar, revisar qué sucedió, cómo se puede cambiar la metodología de preparación e, incluso, de selección, para conformar el mejor equipo posible.

Algo parecido a lo hecho por Moisés Alou, el gerente general del la representación quisqueyana, quien dijo a Espn antes del torneo lo siguiente: “Debemos enfocarnos en lo que tenemos y no en lo que pudimos tener… Tenemos un gran equipo y, lo más importante, lleno de jugadores que quieren estar aquí”. Así de sencillo.

Con trabajo, algo de suerte y un buen plan de trabajo probablemente podríamos, en el 2017, tener esa misma oportunidad lograda por Dominicana de reinventarse, de lavar esa misma decepción del 2006 y 2009 que hoy sentimos los venezolanos con este equipo que prometía más de lo que dio.